Hemeroteca de accidentes de la Central de Garoña en nortecastilla.es

Uno de los pilares de la supervivencia está en la confianza. Si no confiáramos en el dentista, en el carnicero o en el taxista no podríamos vivir porque estaríamos en una suerte de estado perenne de desasosiego. Luego, cuando el empaste que te ha costado una pasta se te cae al primer mordisco, el filete te hace fuegos artificales nada más echarlo en la sartén o el taxímetro echa humo tras una visita turística improvisada, pues ahí ya cada uno se busca sus argumentos para seguir confiando. Con las centrales nucleares nos pasa algo parecido. Cuando uno mira esas gigantescas chimeneas que parecen la mismísima boca del infierno confía en que alguien con sentido común esté al frente de la sala de control. Pero el señor Burns -el avaro y huraño dueño de la central de ‘Los Simpson’- no es del todo un personaje de ficción.

El 27 de febrero de 1980 EL NORTE informaba en primera de la aparición de una fisura «por la que gotea un producto no especificado» en la central nuclear de Garoña. Sí, esa misma que lleva años en el corredor de la muerte y que ahora quieren amnistiar a cambio de un cementerio atómico.

La empresa propietaria, Centrales Nucleares del Norte, S. A., o sea, Nuclenor -creada en 1957 entre Iberduero y Electra de Viesgo- informó de ella «dada la especial sensibilidad que existe en determinados sectores de la opinión pública en relación con la temática nuclear», porque, añadía, «de haber ocurrido en cualquier otra industria, probablemente no hubiera merecido la atención de los medios de difusión». El estropicio, aclaraba para los más sensibles, se localizó en «uno de los manguitos de la tubería de alimentación a las bombas de chorreo» y, aunque el tiempo de reparación iba a exceder «previsiblemente» el de una parada normal, tranquilizaba a la población asegurando que «la avería no repercute en forma alguna en el exterior».

En ocasiones anteriores se habían roto un transformador exterior, una bomba del circuito primario, los tubos de penetración de la vasija del reactor, el barrilete, una válvula, el ‘core spray’, una bomba del sistema de refrigeración, «uno de los elementos del sistema de protección del reactor», la tubería de alimentación, un calentador de agua o la tubería de las bombas de chorro. Vamos, que menos la junta de la trócola y la tapa del falordias, todo.

Y eso, de lo que nos hemos enterado. Sin embargo, los responsables de Nuclenor siempre decían que el funcionamiento era «satisfactorio», que las averías eran «de poca importancia» y que la seguridad estaba garantizada.

Incluso después de que en 1975 provocara una nube radiactiva que probablemente todavía estaba contaminando la zona. Pero claro, eso no se sabía ese año porque la compañía lo ocultó hasta 1992.

También los responsables de Chernóbil defendían en 1980 el funcionamiento de su central, cosa que dejaron de hacer seis años después, sencillamente porque desapareció. Entonces las sensibilidades sí que se pusieron especiales.

Fuente:  nortecastilla.es

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