Descontrol de incendios en la central nuclear de Almaraz

almaraz

Veintitrés bomberos han sido despedidos por no hacer las rondas de vigilancia.

El CSN propone un expediente sancionador por falsificar los controles contra el fuego

Durante dos meses —entre el 20 de diciembre de 2014 y el 19 de febrero de este año— la central nuclear de Almaraz, ubicada en el municipio cacereño del mismo nombre, vivió un verdadero descontrol en la gestión de las medidas contraincendios. Un grupo de 23 bomberos, pertenecientes a una contrata externa, falsificó las hojas de control para simular que habían realizado las rondas de seguridad obligatorias por las instalaciones aunque no las habían hecho.

Esta práctica, que bien podía haberla urdido Homer Simpson —protagonista de la popular serie de animación y que trabaja en una central nuclear—, ha motivado el despido de esas 23 personas. Además, el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) acaba de proponer al Gobierno que abra un expediente sancionador a esta central, que comenzó a operar en 1983 y es propiedad de Iberdrola (53%), Endesa (36%) y Gas Natural (11%).

El engaño saltó por los aires el 18 de febrero de este año. El inspector residente de Almaraz —que pertenece al CSN pero trabaja habitualmente en la central— realizaba una de sus rondas por las instalaciones. Cuando le tocó el turno al servicio de prevención de incendios, del que se encarga la empresa externa Falck SCI, a este técnico algo no le cuadró. Aún no eran las dos de la tarde, pero las hojas de control de la ronda de las 14.05 ya estaban cumplimentadas. Los inspectores del CSN fueron tirando del hilo en las semanas posteriores hasta descubrir que se trataba de una práctica generalizada.

“La falsificación de las hojas de control de las vigilancias de incendio se venía realizando desde tiempo atrás”, sostiene el CSN. “Este incumplimiento se produjo de forma reiterada, falsificando los documentos de registro de las vigilancias”, añade el supervisor, que se encarga de controlar el funcionamiento de todas las centrales españolas.

Según los datos recopilados por los inspectores, entre aquel 20 de diciembre y el 19 de febrero, se debían haber realizado 1.480 rondas de vigilancia. Pero solo se ha podido constatar que se hicieran 1.121, el 75%. Los 23 trabajadores implicados fueron primero suspendidos y luego despedidos. Un portavoz de Falck SCI circunscribe el problema exclusivamente a la actitud de estos empleados. “Fueron unas conductas fraudulentas”, sostiene. “Había por parte de algunos trabajadores unos incumplimientos muy graves”, añade. El problema no fue detectado por la empresa, sino por la inspección.

La central de Almaraz también señala a los trabajadores. La dirección, que mantiene el contrato con Falck SCI pese a este caso, afirma que “estos incumplimientos no afectaron en ningún momento a la seguridad de la planta, dado que esta cuenta con sistemas complementarios”.

El CSN no culpa a nadie. Se limita a señalar que hubo falsificación e incumplimientos. Eso sí, en la documentación del expediente se apunta que “en siete casos [los incumplimientos fueron] por decisión del titular al considerar otros trabajos más prioritarios”. Falck dice que desconoce a qué se refiere el CSN.

Los trabajadores, tras ser despedidos, acudieron a los tribunales, que en primera instancia han dado la razón a la empresa y han declarado los 23 despidos procedentes. En la última de las sentencias, que afecta a 15 de los bomberos —a los que defiende el letrado Miguel Salom— se reseña la argumentación empleada por los despedidos: “Se trataba de una práctica conocida y consentida por la propia empresa, que obedece a una deficiente organización del trabajo, por no mediar entre ronda y ronda el tiempo suficiente para completar su realización”.

Empleados vetados

Pero la titular del juzgado de lo social 3 de Plasencia, Tania Herrero, rechaza estos argumentos: “Ello no justificaría la simulación de su realización mediante la firma de los correspondientes documentos de control”. Salom anuncia que los 23 trabajadores recurrirán la sentencia y se queja de que estos empleados han sido vetados para desarrollar cualquier labor en la central.

Y en un pueblo de 1.600 habitantes, donde unos 600 trabajan para la central, esta es la peor condena.

Sabina Hernández (PP), la alcaldesa de Almaraz, tiene en este caso una posición complicada. “Tengo que velar por la seguridad de la central, pero también por los intereses de mis vecinos”, afirma. Diez de los 23 bomberos despedidos son de Almaraz y uno de ellos es familiar directo de la regidora. Hernández reconoce que, tras las quejas que los trabajadores trasladaron al Ayuntamiento, intentó mediar con la central, la empresa y el CSN; este último órgano supervisor no contestó a sus llamadas.

Avances técnicos en el almacén

El pleno del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) aprobó el 14 de octubre la contratación de los servicios de asesoramiento técnico para evaluar el diseño estructural del futuro Almacén Temporal Centralizado (ATC), previsto en Villar de Cañas (Cuenca). El contrato es por 235.950 euros. Cristina Narbona, una de los cinco consejeros del CSN, votó en contra, al considerar que “subsisten” los problemas que ya denunció en julio, cuando este órgano concedió la autorización previa al almacén nuclear. Entre otras cosas, Narbona apuntó entonces a las dudas técnicas sobre la validez de los suelos elegidos.

Fuente: elpais.es

 

El Gobierno de Extremadura se opone al almacén de residuos temporal proyectado en la central nuclear de Almaraz

almaraz

La Junta de Extremadura sostiene que Almaraz no necesita el ATI que ha solicitado la central al Ministerio de Industria

Las piscinas de los dos reactores tienen suficiente capacidad hasta la fecha en que se alcancen los 40 años de actividad, y por lo tanto su vida útil (en los años 2020 y 2022)

Colectivos antinucleares no tienen la menor duda de que el proyecto de ATI es el paso previo para prolongar el funcionamiento desde las instalaciones desde los 40 años iniciales hasta los 60.

No considera necesaria la construcción de un Almacén Temporal Individualizado (ATI) en la Central Nuclear de Almaraz y emitirá un informe desfavorable. La Junta de Extremadura se muestra contraria al almacén de residuos gastados proyectado en la central cacereña.

Las piscinas de Almaraz tienen capacidad suficiente para albergar el combustible gastado hasta la fecha en que las instalaciones cumplen su periodo de vida útil (años 2020 y 2022), según los datos que maneja Enresa.

Y así lo entiende el Ejecutivo de Guillermo Fernández Vara. Fuentes de la Junta han transmitido a este diario que la central no necesita una instalación temporal para guardar contenedores de elementos de combustible radiactivo gastado, dado que las piscinas de los dos reactores tienen suficiente capacidad hasta la fecha en que se alcancen los 40 años de actividad.

Ahora ha comenzado un periodo de información pública y de consultas durante un mes dentro del procedimiento de evaluación de impacto ambiental ordinaria del proyecto, tras la solicitud presentada por la central al Ministerio de Industria. Y el dictamen de la Junta será negativo.

Al igual que ha ocurrido con el Gobierno del socialista García Page en Castilla-La Mancha, contrario al Almacén Temporal Centralizado (ATC) en Villar de Cañas, se plantea un conflicto de intereses entre el Ejecutivo de Rajoy, que saca a información un almacén a dos meses de las elecciones generales, y el Gobierno de Extremadura. No obstante, la última palabra la tiene el Gobierno central.

Por el momento, y tras salir en el Boletín Oficial del Estado el anuncio de información pública, siguen sin conocerse los motivos por los que se lleva a cabo el proyecto. Durante meses los rumores apuntaban a que se iba a autorizar el almacén, aunque sigue sin haber explicaciones. No ha habido una comunicación a la ciudadanía ni antes, ni después de aparecer en el boletín del Estado.

Refrigeracion-piscina-central-Trillo-ENRESA_EDIIMA20141202_0889_6Refrigeración por piscina en la central de Trillo / ENRESA

¿Para qué se construye un ATI?

En mitad del silencio institucional que mantiene el Gobierno del PP son muchas las voces que plantean que el proyecto del ATI es el paso previo para prolongar su funcionamiento desde los 40 años iniciales hasta los 60.

Así lo pone de manifiesto Francisco Castejón, físico nuclear, doctor en Físicas y miembro de la Comisión de Energía de Ecologistas en Acción. En declaraciones a eldiarioex apunta que el hecho de abrir un almacén temporal cuando la central sigue a pleno funcionamiento, y sin un calendario de cierre, es una señal ‘sine die’ de que se está planificando la ampliación de su vida útil.

El almacén temporal de residuos es imprescindible en el proceso de desmantelamiento de una central, por lo que también cabría la posibilidad de preguntarse si el proyecto que han dado los propietarios está pensando ya en su cierre. Echando la mirada atrás puede verse cómo, en el caso de la central de Zorita, el ATI no comenzó a construirse hasta que las instalaciones echaron el cierre.

Así apunta Francisco Castejón que una vez desmantelado el núcleo el combustible de la central, los residuos tienen que pasar por un proceso de enfriamiento en la piscina. Se trata de un periodo prolongado, de incluso años, tras el que comienza el ‘decaimiento’ de la radioactividad del combustible. Y es justo en ese momento cuando los residuos se trasladan al ATI.

Esta fue la idea que trasladó el propio Francisco Castejón al presidente de la Junta, Guillermo Fernández Vara, en una audiencia a la que también asistieron varios representantes del Foro Extremeño Antinuclear.

Reunion-Antinuclear-Vara-Presidencia-Junta_EDIIMA20150925_0694_5

Reunión de Fernandez Vara y el consejero José Luis Navarro con el Foro Antinuclear en la Presidencia de la Junta / http://www.gobex.es/

En esta reunión, además de trasladarles sus temores de una posible ampliación de la vida de la central hasta los 60 años, el Foro Extremeño Antinuclear reclamó a Vara una postura firme contra la continuidad del modelo nuclear.

Los ecologistas abogan por un frente común de presidentes autonómicos del PSOE en contra de la energía atómica. Piden que se unan al grupo García-Page, presidente de Castilla–La Mancha, que ha mostrado abiertamente su postura contraria al ATC en Villar de Cañas; así como los presidentes de Comunidad Valenciana y Andalucía, esta última por albergar el centro de almacenamiento de residuos radiactivos de media, baja y muy baja actividad de El Cabril en Córdoba.

Una alternativa industrial en la comarca

En estos momentos los ecologistas mantienen contacto con todos con el objetivo de que muestren su oposición política a una ampliación de la vida de las nucleares, al igual que ha habido un frente de comunidades que se ha mostrado abiertamente en contra de la LOMCE.

Los socialistas extremeños no han mostrado aún su postura ante una posible ampliación de la vida útil. Algo que sí ha hecho Podemos Extremadura, que apunta que toda acción que vaya encaminada a prorrogar la vida útil de la central es contraria a su programa. Reclaman al mismo tiempo que comiencen a elaborarse los planes para que se busque una alternativa industrial a la comarca.

Fuente:www.eldiario.es

EE UU lleva décadas preparándose para el fin de la sociedad

Desde la Guerra Fría hasta hoy varios proyectos de investigación con financiación militar han buscado estudiar posibles alteraciones del orden social para poder cortarlas de raíz. Y nosotros aquí planteando el fin del bipartidismo…

¿Recuerdas ese capítulo de Los Simpson en el que la Tierra iba a estallar y el Gobierno de EE UU tenía un plan secreto de evacuación? Sí, ese en el que había dos cohetes, uno para los cerebros más privilegiados del planeta y otro para los peores artistas, este último directo hacia el Sol. La ficción siempre ha recreado, incluso con cierta sorna, que EE UU tiene planes para todo. Incluso para el fin del mundo.

En las películas aparece siempre ese fichero con un cuño de ‘Top Secret’ y un montón de folios clasificados en su interior. O ese sobre con instrucciones que lleva un sello de lacre y se autodestruye al poco rato. Pero la verdad es menos glamurosa que las películas de espías. Quizá haya protocolos de evacuación del planeta (vete tú a saber dónde, porque no hay mucho allá afuera donde elegir), o planes secretos en caso de plaga mundial o invasión extraterrestre. Lo que sí es seguro es que hay planes para un hipotético colapso de la civilización, pero son cualquier cosa menos discretos.

El fiasco del ‘Proyecto Camelot’

El Gobierno de EE UU empezó a interesarse por el colapso de la vida social tal y como la conocemos en la época de mayor riesgo militar que ha conocido nuestra era: la Guerra Fría. En la década de los 60 lanzó un proyecto de investigación con financiación del Departamento de Defensa orientada a estudiar, seguir, tipificar y analizar los movimientos disruptivos en la sociedad. Era la época del Ché Guevara, de Fidel Castro y de Latinoamérica como un tablero de ajedrez global con dictadores jaleados por la CIA para evitar que la URSS ganara influencia en la zona a través de gobiernos de izquierdas.

Entonces se fijaron en cinco países y en uno especialmente, que iban a usar como conejillo de indias: el Chile del conservador Eduardo Frei, elegido en 1964. El plan consistía en financiar las investigaciones de destacados académicos sociales en Latinoamérica que harían el papel de una especie de espías para EE UU sin saberlo: se les pagaba para investigar en qué condiciones y de qué manera podían producirse movimientos sociales que amenazaran el statu quo político, pero desconocían que el origen del dinero era militar y estadounidense, y tampoco sabían que los resultados de sus investigaciones serían materia reservada para la contrainsurgencia.

El experimento saltó por los aires cuando se enteraron y las consecuencias fueron temporalmente demoledoras: los investigadores latinos empezaron a mirar con desconfianza las becas y financiaciones norteamericanas, el proyecto acabó siendo repudiado… Y a Frei le sucedió en el poder Salvador Allende. El resto -cómo todo volvió por la senda que EE UU quería años después- es historia.

Tres décadas después se inició un proyecto de similares características, aunque algo más blanqueado: se trataba de un grupo de trabajo orientado a la inestabilidad política conocido por sus siglas PITF. Recabó información de los servicios de inteligencia desde mediados de los 50 y comenzó a elaborar investigaciones y estudios a mediados de los 90, describiendo cinco posibles escenarios de colapso -revoluciones, guerras étnicas, cambios de régimen contrarios a los intereses de EE UU, genocidios y crímenes de Estado-.

En sus inicios fue un proyecto más o menos abierto, con un enorme set de datos que acabó diciéndose que se había alterado y dañado y pasó a clasificarse, al menos en parte. Aquí se puede acceder a algunos de sus sets de datos públicos (previa inscripción).

800px-Tahrir_Square_on_November_18

Un escenario incierto

Todo lo anterior encuentra explicación en varios principios. Primero, que EE UU es el dominador del tablero de juego mundial, y todo líder quiere conservar su dominio y vigila las posibles amenazas. Segundo, que en un contexto de permanente escalada bélica con confrontación no directa, como fue la Guerra Fría con la URSS, la información y la influencia eran las armas, y la propaganda y el espionaje, las pistolas. Tercero, el terrible precedente que condujo a la Guerra Fría: cómo la devastación alemana en la Primera Guerra Mundial propició que un líder mesiánico y populista pudiera transformar un país hundido en una temible maquinaria de guerra que a punto estuvo de conseguir la aniquilación aliada en Europa.

Esa amenaza, la de un movimiento antisocial, es la más temida por quien ha instaurado el sistema de vida del mundo actual.

En estas décadas han cambiado muchas cosas. Por ejemplo, una crisis económica sin precedentes desde el hundimiento del 29 ha recorrido el primer mundo y ha hecho que en algunos rincones surjan voces alternativas, diferentes, casi siempre populistas, y siempre preocupantes para el ‘establishment’: desde el Tea Party hasta Podemos, pasando por los ultras en varios países europeos o los antipolíticos como Beppe Grillo. Además, si en la Guerra Fría existieron los No-Alineados, ahora un grupo de países con enorme (e inestable) crecimiento económico y aún mayor peso demográfico se abren entre los resquicios del dominio estadounidense: Brasil, India o la propia China. Malos hay, como siempre: ayer Afganistán o Irak, hoy Siria o Corea del Norte, pero no son ni la Alemania nazi ni la URSS. Ahora los malos son más difíciles de controlar.

Los enemigos ahora están, para EE UU, en la convulsión social. Turquía, Ucrania, la Primavera Árabe o los movimientos antisistema son buenos ejemplos de lo que más miedo da al sistema.

425px-Hundreds_of_thousands_of_Bahrainis_taking_part_in_march_of_loyalty_to_martyrs

Minerva: estudiar para controlar

Así nació el Proyecto Minerva, que debe su nombre a la diosa griega de la sabiduría y la guerra, en una muy gráfica descripción de lo que es: una nueva iniciativa militar para estudiar desde las ciencias sociales qué tipo de movimientos pueden desestabilizar a la sociedad en el clima de convulsión actual para, llegado el caso, poder predecir o controlar estallidos violentos. Minervas hay muchas (desde un proyecto académico también estadounidense hasta una iniciativa andaluza), pero la del cuento de espías es solo una: esta.

Lo describen como un organismo de investigación cuyo foco se centra en cinco núcleos, como aquel Proyecto Camelot, solo que distintos: Irak, China, el terrorismo, el Islam y otros «eventos diversos». Para este año, cuyo encuentro tendrá lugar en septiembre, los objetivos de investigación eran concretos. Uno, propagación de ideas y movimientos por el cambio; dos, modelos de resiliencia social y cambio; tres, teorías del poder; y cuatro, términos emergentes respecto a conflicto y seguridad.

Dicho así suena muy abstracto, pero el año pasado las líneas de investigación trazadas se concretaron en todo esto. Por destacar algunos trabajos elaborados, el foco está puesto en China y Asia (por algo Obama cambió la línea militar hacia Asia), así como en temáticas relativas a energía, el cambio climático y a los efectos de ambas cosas en el descontento social.

Algunos títulos de las investigaciones desarrolladas son tan elocuentes como La evolución de la revolución, Globalización oscura y formas emergentes de guerra o Desterrando amenazas complejas: los efectos de la asimetría, interdependencia y multipolaridad en la estrategia internacional. Da miedo echar un vistazo a un listado que bien podría ser una guía para adivinar guerras futuras.

Las críticas no se han hecho esperar: los investigadores sociales desconfían de que se apliquen métodos científicos bajo mando militar, porque sospechan que los fines de dichos estudios no serán pacíficos. Así lo expresaba por carta en 2008 el presidente de la Asociación de Antroplogía de EE UU, mostrando su rechazo a la iniciativa. Otros, ya en 2001 y en vista de los anteriores proyectos, ya planteaban en foros científicos si es legítimo y posible usar la investigación científica para predecir convulsiones sociales con fines militares. El título del artículo de Nature, ‘La bola de cristal del caos‘, era bastante elocuente.

El debate científico no acaba ahí, porque no parece una locura hablar de energía o clima como motivo de convulsión social, a la luz de diversos informes que se han ido filtrando y que apuntan hacia una posible situación no muy lejana en la que los cimientos de la sociedad se vinieran abajo.

El primero fue un informe de la ONU, centrado en el cambio climático, que alertaba de un inminente colapso de la civilización si no se solucionan las necesidades más básicas de la sociedad. Se trata de satisfacer demandas que hasta ahora han estado más o menos aseguradas en el primer mundo, pero cuya carestía podría, según los expertos, prender la mecha.

El caso más evidente parece el del agua potable. Hay voces que ya abogan por considerar un recurso imprescindible para la vida y menos numeroso de lo que se cree como una ‘commodity’. La carestía de agua puede suponer, según algunos, el motivo de guerras inminentes, como hasta ahora la gestión de recursos petrolíferos ha supuesto en Oriente o el nuevo colonialismo chino en África para controlar recursos naturales y explotaciones mineras.

También se centraba en esta idea una investigación publicada hace un par de años en Nature sobre que el mundo se acerca a un punto de no retorno en materia ambiental, que puede tener repercusiones en la gestión de las materias primas y, por tanto, en la estructura social de la humanidad como civilización. No son pocos los científicos que abogan por la teoría de que hay extinciones masivas cíclicas en el planeta, y que la próxima puede estar causada por nosotros mismos.

Hay mucha literatura científica con tintes apocalípticos, vinculando un supuesto colapso social o político a causas ambientales. Alguna real, y otra discutida, como un supuesto informe sufragado por una entidad de la NASA en la que se incidía en que la humanidad estaba condenada a corto plazo, algo que la propia NASA quiso matizar marcando distancias.

¿Qué sentido tiene todo esto?

El caso paradigmático del temor de EE UU ha sido durante años Al Qaeda: no era una guerra contra un país, ni contra una religión, sino «contra el terror». Al Qaeda no pertenece a un país, sino que es trasnacional; no responde a una religión, sino a una visión ultra dentro de un determinado culto; no se organiza con una jerarquía estable, con grandes bastiones o territorios que se pueden bloquear o atacar, sino que son ellos quienes atacan usando las propias redes del sistema, desde líneas de tren hasta aviones. La amenaza no es un país, sino un enemigo descentralizado y deslocalizado.

Incluso en esa situación de miedo EE UU sigue dominando, quizá incluso con más comodidad, operando en la sombra y espiando incluso a los aliados, hasta que su propia contrainsurgencia les traiciona, como pasó con Edward Snowden o Julian Assange. Pero también hay ‘peros’.

Ahora hay un gigante con pies de barro que le hace de acreedor y contrapeso en influencia, que es la -de momento- discreta China. Lo que antes fue Latinoamérica para EE UU ahora lo era medio mundo islámico: una suma de países con caudillos a los mandos, muchas veces apoyados indirectamente por EE UU, que completaba su control de la zona con su bastión militar en Israel y con el aliado económico saudí. Pero igual que los dictadores latinoamericanos cayeron, una oleada de inestabilidad sacudió el mundo árabe: la heterogenea Primavera Árabe visibilizó el poder de determinados movimientos civiles cuando triunfaron, o abrieron cruentas guerras en las que los islamistas han acabado reforzando posiciones cuando fracasaron. Y de nuevo, como pasó en Chile entonces, en Egipto, donde fue más icónica la revolución, el líder surgido de la reacción social acabó siendo depuesto nuevamente por un heredero del régimen anterior.

El poder de EE UU, por tanto, sigue existiendo, pero con un enemigo que ya no es tangible. Ya no hay imperios nazis, ni comunistas. Hay corrientes ciudadanas de descontento que pueden ser pacíficas, como el 15M, políticas, como los movimientos euroescépticos o el Tea Party, o en ocasiones religiosos, como los del mundo árabe. Y la respuesta de EE UU ha sido volver al punto de origen: investigación social para prevenir e intentar ganar las guerras del mañana.

Fuente: www.yorokobu.es

El colapso de las sociedades modernas ya es inevitable

26 de Mayo 2007
El director del Trudeau Center señala que sólo sobrevivirá la organización a pequeña escala

Todo apunta a que estamos abocados al colapso de las sociedades modernas, advierte Thomas Homer-Dixon, director del Trudeau Center de Canadá, en un interesante ensayo. Señala que en los últimos cincuenta años, en gran medida por el enorme crecimiento de la población mundial y la formulación de la economía mundial, la humanidad y el medioambiente natural han evolucionado hacia un sistema socio-ecológico que amenaza el planeta. Como resultado: crisis financiera, terrorismo a escala global y desastres naturales, son algunos de los males desestabilizadores emergentes. Las instituciones son insuficientes para afrontar los cambios, por lo que la organización a pequeña escala y la colaboración entre grupos reducidos, de manera independiente a la política general, podría ser una solución. Por Yaiza Martínez.

El investigador licenciado en ciencias políticas Thomas Homer-Dixon, director del Trudeau Center de Canadá, vinculado a la universidad de Toronto, es autor de dos obras (The ingenuity gap y The upside of down en las que analiza las crisis y renovaciones sociales.
En un artículo publicado por la revista Toronto Globe and Mail, Homer Dixon ha reflexionado sobre este tema, preguntándose por qué las sociedades pueden colapsarse y qué riesgo tenemos en nuestra sociedad actual de hundirnos en el caos.
En los últimos años, explica el autor, el peligro de que nuestro mundo colapse es una cuestión que preocupa a bastante gente. Intuitivamente, en la mayoría de los casos, se siente que las cosas están fuera de control y que el mundo podría estar a punto de enfrentarse a una crisis insuperable. Los titulares sobre desastres naturales, posibles ataques terroristas o gripe aviar; los grupos religiosos clamando que llega el fin de los tiempos, y las referencias en las películas a castigos radicales propios de finales de una civilización, no faltan.
Según Homer-Dixon, muchas de estas representaciones no tienen sentido, pero hay algo que sí es cierto: nos enfrentamos a graves problemas.

Señales y avisos

Cuando una sociedad se colapsa, explica Homer-Dixon, pierde rapidamente complejidad, se simplifican su organización interna, sus instituciones, sus leyes y sus tecnologías, y se limitan bruscamente el papel social de sus habitantes y sus potenciales. Sin esas infraestructuras la gente sufre y se ve afectado el bienestar social. Tras el colapso, la población consume y se comunica mucho menos, hasta que la sociedad como tal desaparece.
En cierto modo, parece ridículo decir que algo así le está sucediendo a nuestras sociedades modernas. Lo que nos rodea parece permanente y real: rascacielos, aeropuertos, autopistas… ¿Qué fuerza podría hacer sucumbir a nuestras saludables e inteligentes sociedades?
El biólogo evolutivo Jared Diamond ha explicado las causas ambientales del colapso: el mayor peligro surge de la convergencia simultánea de múltiples elementos de tensión, según se ha registrado en el colapso de otras civilizaciones.
Por otro lado, el sociólogo Jack Goldstone, de la George Mason University (en Estados Unidos), ha demostrado que si se da simultáneamente un crecimiento demasiado rápido de la población, una escasez de recursos esenciales y una crisis financiera, la sociedad afronta un altísimo nivel de descompostura, que conlleva a conflictos en diversos niveles.
Sin embargo, la convergencia de estos problemas no ocasionaría el colapso sino que haría falta algo más para limitar la capacidad social de hacerles frente. Homer-Dixon acude al antropólogo e historiador Joseph Tainter, para señalar que ese “algo” podría ser la respuesta con que las sociedades a menudo responden al “mal”: el aumento de la complejidad de sus instituciones.

Este aumento de la complejidad tiene en principio un efecto positivo: si hay escasez de agua, por ejemplo, se multiplican las medidas de control, lo que permite que se regulen mejor los recursos para todos. Sin embargo, con el tiempo, este esfuerzo inicial deriva en un gasto extremo de energía, que a la larga es más costoso que beneficioso, e imposibilita a la sociedad para enfrentar las contingencias.

Sistemas vivos

Para añadir una pieza final al puzzle, Homer-Dixon alude al trabajo de Buzz Holling, renombrado ecologista canadiense, que señala que cualquier sistema vivo (bosque o sistema económico) tiende de manera natural a la complejidad, internamente conectada y eficiente a largo plazo, independientemente de que esta complejidad resulte necesaria para la solución de problemas.
Por tanto, el sistema se vuelve cada vez más rígido y frágil, en definitiva, menos flexible. ¿Justifican, en definitiva, todas estas teorías, la idea de que nos encontramos ante el peligro del colapso de las sociedades modernas?, se pregunta el autor. Y, por desgracia, contesta, parece ser que sí.
En los últimos cincuenta años, en gran medida por el enorme crecimiento de la población mundial y la formulación de la economía mundial, la humanidad y el medioambiente natural han evolucionado hacia un sistema socio-ecológico que amenaza el planeta. Como resultado: crisis financiera, terrorismo a escala global y desastres naturales, entre algunos de los males desestabilizadores emergentes.

Presiones internas

El sistema ha desarrollado asimismo varias presiones internas, como el cambio climático y el uso y difusión de las tecnologías para la violencia en masa. La gestión de estas presiones demanda instituciones y tecnologías más complejas que, en términos de Tainter, parecen producir escasos resultados porque no están solucionando los problemas: ni las emisiones de carbono ni el terrorismo mundial.
Al mismo tiempo, el mundo está entrando en una transición crítica de una etapa de recursos energéticos abundantes y baratos (principalmente gas natural y combustibles fósiles) a una de recursos energéticos de escasa calidad y más caros (energía solar o eólica, por ejemplo). Por tanto, nuestro sistema global se vuelve cada vez más complejo, pero sin los resultados necesarios: no contamos con los recursos energéticos que necesitamos, y aumentan las crisis económicas y el caos político.
La clave: aunque nuestra sociedad parezca relativamente en calma en la superficie, el caso es que se está volviendo cada vez más vulnerable.

¿Qué podemos hacer?

¿Qué podemos hacer?, se pregunta Homer-Dixon. En primer lugar, señala, necesitamos reconocer que las crisis o colapsos no siempre son negativos. Si no son demasiado graves y si estamos preparados, pueden convertirse en una fuente de motivación y en una oportunidad para la renovación y la regeneración.
Pero, para evitar que las crisis sean catastróficas, es necesario que nuestras tecnologías, economías y comunidades sean más flexibles. Por ejemplo, podemos aumentar la capacidad de ciudades, pueblos e incluso de las familias para producir los servicios y artículos esenciales, como energía y alimentos, en lugar de depender completamente de productores lejanos para la superviviencia cotidiana, como hacemos actualmente.
Estar preparados significa buscar fórmulas de solución hoy para la crisis de mañana. Los tiempos de crisis son épocas de enorme fluidez social, cuando las sociedades deben comenzar nuevos caminos, tanto para bien como para mal. Estos movimientos conllevan grandes riesgos: la gente tiene miedo, se angustia y busca siempre a otro al que culpar (precisamente las actitudes que los líderes extremistas explotan en busca del poder político y de la división social).
La gran mayoría de nosotros, los que no somos extremistas, podemos colaborar en el desarrollo de redes y de planes para diversos escenarios futuros. Estas acciones nos ayudarán a asegurar que, cuando la crisis llegue, tendremos la capacidad de elegir un futuro mejor para nuestros hijos.