Un lustro después de la catástrofe nuclear de Fukushima, el vertido de residuos no ha cesado.

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El mes de marzo de 2016 se cumplieron cinco años del devastador maremoto que anegó la costa nororiental de Japón y provocó el peor accidente nuclear desde Chernóbil. Una muralla de agua marina de diez metros de altura impactó contra la central nuclear de Fukushima Daiichi, la dejó sin electricidad, averió los sistemas de refrigeración y provocó el sobrecalentamiento de la mitad de los núcleos de uranio de la planta, que acabaron fundiendo las vasijas de acero que albergan los reactores. Las explosiones de hidrógeno acaecidas en los días siguientes dañaron tres de los edificios de contención y lanzaron al aire partículas radiactivas. La nube contaminante obligó a evacuar a 160.000 personas de sus hogares.

Hoy el lugar del desastre continúa inmerso en situación de crisis. La mayoría de los antiguos residentes seguramente no podrán regresar en un futuro próximo, porque los niveles de radiactividad siguen siendo altos en las proximidades. Y, aún más inquietante, la central no ha cesado de emitir peligrosos residuos nucleares. Su operador, Tokyo Electric Power Company Incorporated (TEPCO), sigue bombeando agua en las tres unidades dañadas por la fusión del núcleo para enfriarlas, generando con ello un caudal continuo de agua radiactiva. Y para colmo de males, las aguas subterráneas procedentes de una colina situada detrás de la central arrastran consigo elementos radiactivos antes de desembocar en el mar.

TEPCO canaliza el agua contaminada y la almacena en unos tanques inmensos, a razón de hasta 400 toneladas diarias. Últimamente esta agua es tratada para reducir la concentración de radionúclidos, pero sigue conservando altas concentraciones de tritio, un isótopo radiactivo del hidrógeno. Y aún está por decidir dónde se depositará con carácter definitivo. Lo mismo ocurre con los 22 millones de sacos con suelo contaminado y otros residuos sólidos generados por la catástrofe, además del uranio empleado como combustible. Los informes de salud tampoco invitan al optimismo. Se ha detectado un incremento del cáncer de tiroides en los niños que vivían en Fukushima entonces, aunque es demasiado prematuro atribuir los casos al accidente. Pese a todo, el Gobierno nipón pretende volver a poner en marcha la central. El primer ministro Shinzo Abe ha advertido de la urgencia de reanudar la actividad generadora en las demás centrales nucleares del país, que a raíz del desastre entraron en parada. Dos ya vuelven a funcionar a pleno rendimiento.

 

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